En la publicación anterior les conté sobre la primera vez que me animé a usar musculosa y un nene me preguntó por el tamaño de mis brazos. Y fue para evitar más situaciones así, de inocencia y curiosidad infantil, porque en su casa no le enseñaron sobre diversidad corporal (ok, eran los 90, en esa época hasta el huevo era malo) y para evitar burlas, porque la tv, el teatro, las películas, todo, mostraba como gracioso burlarse de los gordos, nos encasillaban como personas tontas, sucias, perezosas, glotonas, o simplemente, normalizaban que a la persona gorda del grupo había que tratarla como se les antojara a los demás.. Y ahí estaba yo entre mis 13 o 20 años, sin apoyo psicológico, muerta de vergüenza de contarle siquiera a mi mamá quién era la única que me apoyaba incondicionalmente, evitando esas situaciones. Diciendo que no a la juntada en la pileta en verano, no yendo a cumpleaños de 15 o a campamentos porque eran todas situaciones en las que implicaba usar ropa fresca, deportiva corta o de fiesta de moda (tiros bajos, ajustada, breteles de tiritas…) o directamente, traje de baño. Todo eso me estresaba y me daba mucho miedo, entonces lo evitaba, elegía quedarme en casa leyendo o jugando videojuegos. Y por supuesto, eso me llevó a ganarme la reputación de que yo era la chica rara, “la extraterrestre”, a la que no le gustaba salir, y cuando mis amigas se iban de vacaciones y sus padres les decían “trae a una amiga” a mi jamás me invitaban, porque supongo que pensaban que que conmigo se iban a aburrir. Me moría de tristeza por estar sola en casa, sin disfrutar de la pileta o el río o un viaje con amigas, porque me avergonzaba mi cuerpo.
Una vez superada esa etapa de la adolescencia, en un momento algo hizo “clic” y todo dejó de importarme, simplemente me miraba al espejo y con resignación me decía “es lo que hay” y a pesar de que todavía no iba por el camino correcto, empecé a usar la ropa que se me cantaba, hice nuevas amigas, viajé, fui a fiestas y disfruté muchísimo de mi juventud, incluso con más experiencia (la cual implica más precaución, por ser mujer) y más libertad. No, no fue la forma ideal, pero ahí fue cuando empecé a ver la luz al final del camino. Un camino largo, lleno de desvíos, pozos profundos y oscuros, pero al final, siempre estuvo esa luz.
